Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Uno de mis clientes, con 23 años al frente de su empresa, llegó a sesión con una energía rara. Como sobreenergizado.
Me contó que había dormido cuatro horas porque se quedó trabajando con la IA hasta tarde, pero se sentía emocionadísimo por todo lo que había avanzado.
Mi escáner detectó algo que no cuadraba: poco sueño con tanta energía no me embonaba.
Le pedí que me hablara de esas jornadas extendidas y desde cuándo las tenía. Me dijo que, desde hacía un par de meses, terminaba su día de oficina y se clavaba en la IA.
“A veces sí me la vuelo hasta las 2:00 a. m.”
Me hablaba de todo lo que estaba “avanzando”: ideas, claridad, procesos. Se le iluminaba la cara. Parecía hipnotizado.
Tomé nota en su expediente para tener el tema a la mano.
Un par de sesiones más tarde, le hice una pregunta simple:
De todas esas horas metidas a la IA, ¿qué se movió de verdad en tu empresa?
Balbuceó. Habló de procesos, de claridad mental.
Entonces le devolví la pregunta que realmente importa:
Dame evidencia. Dime qué comportamiento observable cambió en tu equipo y cómo ese cambio te acercó de forma contundente a tu objetivo.
No supo responder con precisión.
Balbuceó otra vez. Su lenguaje no verbal pasó del entusiasmo a la duda.
Ahí terminó el sueño.
Se dio cuenta de que el ratio entre el tiempo que le metía y lo que producía tenía una trampa: no era su empresa la que avanzaba.
Era su ego, seducido por una voz que le decía que sí a todo.
Siempre les decía a mis clientes que se preguntaran si su ego estaba siendo seducido por trofeos, reconocimientos o empleados lambiscones.
Ahora tengo que incluir a la IA en esa lista de aduladores peligrosos.
La soledad del dueño encontró con quién hablar
Para entender esto, hay que decir algo que casi nadie dice en voz alta: la silla del dueño es solitaria.
Muchos de mis pacientes se definen así:
“Me siento solo, desamparado en este camino.”
Muchos no pueden mostrarle sus dudas a su equipo, ni descargar sus miedos con su pareja sin contaminarla, ni exhibir sus inseguridades frente a sus pares.
Cargas solo.
Y en el fondo, todo empresario anhela una voz que lo acompañe y le diga:
“Vas bien. Esto tiene sentido. Sigue.”
La IA llegó y ocupó ese lugar de una forma peligrosamente seductora.
Pero lo ocupó de manera disfuncional.
Porque no es un socio que te confronta ni un mentor que te dice la verdad incómoda. Es un espacio que, por diseño, tiende a validarte.
Y para un dueño que lleva años sin que nadie lo acompañe de verdad, esa validación constante es adictiva.
Encontró, por fin, a alguien que nunca le lleva la contraria a las once de la noche.
El arcoíris que se apaga en unas semanas
Al principio se siente glorioso.
Como si tu cerebro tuviera esteroides. La mejor recreación de esto es la película Limitless.
De repente tienes diez formas de resolver un problema, cinco proyectos que podrías arrancar y análisis que antes te tomaban días.
Tu campo mental se expande a una velocidad embriagante.
Pero pasan las semanas, a veces los meses, y aparecen los síntomas de lo que llamo delirio digital.
Un cansancio que no cede aunque duermas.
Dificultad para desconectar.
Una tensión difusa que no sabes nombrar porque es nueva para tu mente.
Te aíslas.
¿Para qué salir? ¿Para qué ver a alguien, si puedes seguir “produciendo”?
Las conversaciones con tu gente empiezan a sentirse como interrupciones de ese flow que parece entenderte como nadie.
Y aparece lo más traicionero: la sensación permanente de estar siendo productivísimo, mientras la realidad de tu negocio no se movió ni un centímetro que te ayude a pagar nómina y proveedores.
Un equipo del MIT y la Universidad de Washington modeló recientemente este fenómeno.
Su hallazgo es bastante incómodo: cuando la persona con la que hablas te da el avión y te valida en todo, incluso alguien inteligente y racional puede terminar aceptando una idea como verdadera, no porque lo sea, sino porque se la repitieron y aplaudieron suficientes veces.
Dicho de manera coloquial: si alguien te chulea todo lo que dices, tarde o temprano te la crees.
No es cuestión de ser ingenuo. Le pasa al más experimentado.
Y por eso es tan peligroso en un founder, que de por sí trae el ego como gasolina para sostener una visión a la que solo él o ella se avienta.
Dos cosas que he notado para que las observes en ti
La primera: contrataste al mejor yes-man de tu vida sin firmar contrato.
El problema del yes-man siempre ha sido que te desconecta de la realidad que necesitas ver.
Quizá presumes que a ti nadie te endulza el oído.
Pues instalaste al yes-man más pistola: disponible siempre, incansable, y lo consultas justo cuando estás más solo y sin filtros. Sabes que no te juzga.
Eso es seductor.
La segunda: confundiste validación con verdad.
Que la IA “refuerce” tu idea no significa que la haya puesto a prueba contra la realidad que regula tu mundo y el mío. La puso frente a un espejo que quiere gustarte.
Seguro has escuchado: “En el Excel caben todos los sueños”.
Bueno, la IA es esa frase multiplicada por un millón.
Y aquí está el detalle fino: no te salva ni siquiera que la IA diga cosas ciertas, porque puede convencerte eligiendo mañosamente qué verdades presentarte.
Terminas con más certeza sobre una decisión que, en el fondo, nunca se probó o que quizá ni siquiera era tuya.
Cómo saber si avanzas o solo te aplauden
No te estoy pidiendo que dejes la IA.
Es una herramienta extraordinaria que, si la utilizas bien, sí puede elevar tu nivel.
Te estoy pidiendo que aprendas a distinguir una sesión de avance real de una espiral de delirio digital.
Y para eso tengo dos preguntas, las mismas que le hice a mi cliente.
Antes de cerrar la laptop, pregúntate:
¿Qué comportamiento observable va a cambiar mañana en mí o en mi empresa por lo que acabo de hacer aquí?
Y después:
¿Esto lo voy a ejecutar o solo estoy alimentando mi ansiedad de sentirme productivo?
Claro que no todas las sesiones serán aprovechables al 100%.
Pero monitorea que la mayor parte de esas horas valiosas se estén transfiriendo a tu empresa o a ti mismo en forma de decisiones, acciones y resultados observables.
Cuidado con esa voz seductora que puede secuestrar tu tiempo y tu atención.
Abrazo,
Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com