Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Hace unos años me topé con algo que no me cuadraba, y que terminó cambiando por completo la forma en que atiendo a empresarios y emprendedores.
A mi consultorio llegaban dueños de negocio casi siempre por los mismos problemas clásicos: ansiedad, estrés, burnout.
Digamos que, con el “trabajo de manual” de psicología, yo les daba las mejores prácticas y herramientas probadas para superar su desafío. Incluso rediseñábamos sus hábitos de autocuidado, ordenábamos su descanso, su sueño, su respiración.
Más o menos en la segunda semana veían su primer win, y así iban acumulando mejorías hasta que, en la semana ocho, estaban listos para volar solos.
Pero a los tres meses de haber terminado el programa, muchos volvían con síntomas muy similares.
Ya sabían intelectualmente qué hacer, pero aplicarlo ya no funcionaba tan bien como la primera vez.
Eso me sacó de balance profesionalmente.
Porque no era que la terapia no sirviera. Tampoco era que ellos no pusieran de su parte. Sí ponían.
Entonces me preguntaba:
¿Por qué regresaban al mismo lugar de agobio una y otra vez, como si algo los jalara de vuelta?
Siguiendo las pistas que me daban los clientes que regresaban al espacio terapéutico, encontré algo que ni el consultor, ni el coach, ni el psicólogo tradicional habían puesto sobre la mesa:
el problema no estaba únicamente dentro del sujeto —el empresario—, sino en su relación con el negocio.
Entonces tenemos tres conceptos en el mapa para comprender mejor qué los hacía regresar por más ayuda:
Dueño – Relación – Empresa
Pon atención a la relación.
Ahí justo está la cosa.
Como no sabes qué te pasa, te autoetiquetas negativamente
Déjame contarte lo que le pasa por la cabeza a muchos dueños que han vivido la desagradable experiencia de sentirse abrumados por su empresa.
Después de años intentando salir del agobio con todo lo que yo sé que sí ayuda —consultores, cursos, disciplina— y de recaer una y otra vez, llega un momento en que el dueño deja de culpar a todo lo externo y empieza a culparse a sí mismo.
En voz baja, a solas, se pone su propia etiqueta:
“No tengo el carácter para esto”.
“Algo está mal conmigo”.
“Todos creen que soy un fregón y, en el fondo, soy un chafa”.
Y como esa etiqueta está solo en su cabeza, porque no se atreve a decirla en voz alta, no hay nadie que le lleve la contraria.
Se queda rumiando durante años.
Mientras por fuera pone su mejor cara, por dentro se está dando una paliza al estilo Mike Tyson.
Si tú, como empresario, te has autodescalificado de esta manera, quiero que leas con atención lo que sigue, porque es justo lo que les digo a mis pacientes cuando llegan a ese punto.
No eres un mal empresario. Solo estás atrapado
Hay una diferencia enorme entre creer que el defecto está en ti y entender que estás metido en una trampa.
Pero muchos dueños confunden una cosa con la otra.
Cuando crees que el defecto está en ti, lo cargas como parte de quien eres y con una culpa que te obliga a guardarlo en lo más profundo de tu mente.
Se siente permanente.
Se siente vergonzoso.
Se siente sin salida.
Piensas que hay algo mal de fábrica en tu personalidad y que, por eso, no puedes con esto.
Eso no solo es injusto.
También es falso.
Estar atrapado es algo completamente distinto.
Una persona muy capaz e inteligente puede quedar atrapada involuntariamente.
“Atrapado” no habla de quién eres.
Habla de una situación en la que estás.
Significa que estás metido en una estructura, en una dinámica que te tiene agarrado. Y para un empresario puede tenerte muy agarrado.
El que está atrapado no necesariamente tiene un defecto. A veces simplemente cayó en el lugar equivocado por la inercia de lo que sabe, de la cultura o de lo que aprendió.
Léelo despacio, pensando en ti:
No es que no sirvas para esto.
No te falta carácter.
No eres débil.
Y mucho menos eres un perdedor.
Lo que pasa es que estás metido en una relación con tu negocio que se deformó con los años sin que lo notaras.
Y esa relación es la que te lleva siempre al mismo lugar de agobio, porque no te permite resolver los problemas de fondo.
Puedes hacer terapia, mejorar hábitos y ordenar tu empresa.
Pero mientras esa relación siga deformada, corres el riesgo de volver a sentirte abrumado incluso cuando salgas de vacaciones.
Por eso regresaban mis pacientes.
No porque fueran un caso perdido.
Regresaban porque yo, como muchos otros, estaba tratando al dueño por separado cuando el problema vivía en el vínculo que nadie había observado con suficiente detalle.
No eres tú, no es la empresa, es la relación
De tanto ver el mismo patrón repetirse —el dueño que mejora y recae, que ordena su empresa pero sigue sintiéndose preso, que lo tiene todo por fuera y se está derrumbando por dentro— empecé a documentar.
Anoté signos y síntomas. Busqué qué tenían en común esos cientos de dueños que llegaban distintos, pero sufrían de forma parecida.
Y apareció una pregunta natural:
¿Por qué hay dueños que no sufren de esta forma aun cuando sus negocios son incluso más complejos?
La diferencia entre el dueño libre y el dueño agobiado no estaba únicamente en los procesos, en los sistemas o en el software de moda.
Estaba en la manera en que se relacionaba con su negocio.
A ese patrón terminé poniéndole un nombre para poder estudiarlo y, sobre todo, para poder trabajarlo:
Síndrome de Codependencia Operativa.
El nombre nació de observarte a ti con el rostro descompuesto. De escucharte decir que quieres mandar todo a la fregada y cerrar el negocio. O, peor todavía, de verte resignado a vivir en ese estado de alerta que no solo te pesa a ti, sino también a tu familia, que lleva años viéndote intentar soportarlo como puedes.
El Síndrome de Codependencia Operativa no es una etiqueta que vine a colgarte.
Es el nombre que propongo para describir un patrón que ya estabas viviendo.
Y poder explicarle a un empresario que lo que siente tiene una estructura reconocible puede darle permiso de dejar de etiquetarse como tonto o incapaz.
Deja de ser:
“Algo está mal conmigo”.
Y se convierte en:
“Estoy dentro de una estructura conocida, que tiene un patrón y que puede trabajarse”.
Ni estás loco ni estás solo.
Y no hay motivo para resignarte a sobrevivir “aguantando vara”.
Estás atrapado en una relación disfuncional.
Y eso se puede trabajar.
La relación profesional más importante de tu vida es la que tienes con tu negocio, porque terminará afectando muchas de tus demás relaciones.
No la descuides.
Un abrazo,
Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com