Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Todos encarnamos roles en el transcurso de la vida.

Eres pareja, padre, hijo, amigo. Y en tu empresa, eres el líder.

Cada rol viene con expectativas para ti y para los demás. La pareja necesita estabilidad
emocional. Los hijos necesitan que seas su roca. Los amigos te admiran porque “la hiciste”.
Y tu equipo necesita que proyectes certeza, que sepas el camino, que tengas las
respuestas.

Básicamente, tu entorno espera que seas una especie de superhéroe.

El problema llega cuando esos roles entran en conflicto con tu naturaleza de ser humano,
esa que también tiene emociones, dudas y miedo.

Tú, como cualquier otra persona, puedes sentir inseguridad. Puedes preguntarte si vas bien
o si solo te estás creyendo tu propio cuento. Puedes tener días en los que todo se ve
maravilloso y otros donde sientes que vas a terminar quebrado en la calle, enterrado en
deudas. Puedes sentirte vacío aunque tengas éxito visible. Y puedes cargar preguntas que
te da pavor hacer en voz alta.

Te las guardas por meses, por años o por toda la vida.

Pero el líder que proyectas no puede mostrar debilidad. No puede mostrar dudas. No puede
mostrar vulnerabilidad.

Mostrarte vulnerable se siente como renunciar al rol que se te pegó desde que fundaste la
empresa. Como perder autoridad. Como decepcionar a quienes dependen de ti, porque tú
crees que ellos te ven como alguien invencible.

Entonces guardas las preguntas. Cargas solo con el peso. Mantienes la sonrisa como si no
pasara nada, muy en tu rol.

Y esa tensión entre quien eres y quien sientes que tienes que ser te erosiona lentamente.
Estas son cuatro preguntas que escucho en consulta. Son preguntas que muchos
empresarios no le hacen a nadie más, pero que sí se atreven a hacerme a mí cuando saben
que están protegidos por el secreto clínico y por un espacio donde no se les va a juzgar
como débiles.

Pregunta 1: “¿Voy bien o me estoy creyendo mi propio cuento de hadas?”

Los números lucen bien. Tu equipo te felicita. Los clientes se mantienen. Desde afuera, todo
indica que vas bien.

Pero en privado dudas.
Te preguntas si lo que construyes es sólido o si el siguiente trimestre todo podría
desmoronarse. Si estás construyendo algo real o si solo te estás vendiendo una narrativa
que calme tu miedo.

Albert Bandura llamó a esto autoeficacia: la creencia en tu capacidad de lograr resultados.
Pero cuando esa creencia se construye solo desde la narrativa interna, sin anclaje a
resultados reales, se puede volver ilusión.

Y el empresario suele distinguir muy bien cuándo está operando desde convicción genuina
y cuándo se está apapachando para no enfrentar que algo no funciona.

A veces lleva meses posponiendo decisiones difíciles, como si en el fondo supiera que es
mejor mirar para otro lado.

Esa duda persiste porque tu cerebro detecta la disonancia entre lo que proyectas y lo que
realmente sabes.

Pregunta 2: “¿Por qué tengo tanto miedo a regarla?”

Has cerrado contratos de millones. Has sobrevivido a crisis que hubieran quebrado a otros.
Te levantaste del Covid. Has construido equipos desde cero.

Y aun así, cada decisión importante se siente como si todo pudiera derrumbarse.

Pero frente a los demás no te puedes dar el lujo de expresar ese miedo.

La realidad es que el miedo a fracasar no desaparece con los logros. De hecho, mientras
más construyes, más tienes que perder.

Ahí está la paradoja: el éxito amplifica el miedo.

Antes tenías poco que proteger. Ahora tienes nóminas, familias que dependen de ti, clientes
que confían en ti y un nombre que cuidar. Cada apuesta pesa más porque las
consecuencias son más grandes.

Cuando empezaste, solucionabas problemas de 500 mil pesos. Ahora tus problemas son de
50 millones.

Y nadie te dijo que llegar lejos no te quitaría el miedo a regarla. Por un lado tienes más
experiencia, sí. Pero por otro, sabes mejor que nadie lo volátil que puede ser el negocio.

Solo que eso no se lo puedes decir a tus empleados.

Pregunta 3: “¿Por qué me siento tan vacío si tengo éxito visible?”

Llegaste a donde querías llegar. Tienes los indicadores sociales de logro que hace diez
años parecían imposibles.

Y te sientes exactamente igual que cuando empezaste.

O peor. Porque ahora ya no puedes justificar el vacío con la idea de “cuando llegue ahí me
voy a sentir bien”, que fue la frase con la que te empujaste durante años.

Ya tienes todo lo que tu vision board mostraba, pero te sientes vacío.

Tal Ben-Shahar documentó esto como arrival fallacy: la ilusión de que la felicidad llegará
cuando alcances el siguiente logro. Pero el cerebro humano se adapta rápido. Lo
extraordinario se vuelve ordinario en semanas.

Y entonces aparece la culpa.

Te sientes ingrato por pensar que no eres pleno. Te sientes desleal con todo lo que
sacrificaste para llegar hasta aquí. Incluso sientes que admitirlo traiciona tu espiritualidad o
tu narrativa personal de éxito.

Entonces mejor no lo dices.

Pregunta 4: “¿Por qué un día veo todo maravilloso y otro siento que voy a terminar
quebrado en la calle?”

Un lunes estás eufórico. El negocio despega. Haces tu reunión semanal de kick off y todo el
equipo se prende. Ves oportunidades en todas partes.

El miércoles, esa misma situación se siente como una catástrofe inminente.

Pasas de “lo tengo todo resuelto” a “voy a perderlo todo, Dios mío” en 48 horas.

No porque todo haya cambiado afuera, sino porque todavía no has sabido autorregularte
frente a los desafíos naturales de ser empresario.

Esa montaña rusa emocional no la controlas. Y nadie entiende cómo puedes oscilar tan
fuerte entre extremos.

Tu pareja te pregunta qué pasó y, por más que te quiera ayudar, no logra entrar del todo en
tu mundo. Tu rol no te permite ser vulnerable, y tú tampoco sabes bien cómo abrir esa
puerta.

El precio psicológico del silencio

Estas preguntas no desaparecen por no hacerlas.

Aunque a veces creas que sí.

Se alojan en tu mente. A veces en tu subconsciente. Crecen en silencio. Se vuelven un
ruido de fondo constante que, por más que intentes ignorar, regresa.

Te agobian mientras finges que todo está bajo control, porque sientes que debes mantener
el rol.

Pero necesitas darte la oportunidad de ser un ser humano con emociones y sentimientos,
no solo el líder que proyectas.

Date permiso de que esas preguntas existan sin sentir que tu rol está en juego.

Admitir duda no es renunciar a la autoridad. Es reconocer que liderar no significa tener
todas las respuestas, sino tener la valentía de buscarlas, incluso cuando eso implica
mostrar públicamente que no eres ese superhéroe que todos imaginan.

Hacerte estas preguntas no te hace débil.

Tener miedo de hacerlas tampoco.

De hecho, conocer tu vulnerabilidad puede hacerte increíblemente fuerte, ya sea con
amigos, con pares o dentro de un espacio psicoterapéutico.

Abrazo.
Carlos Medina
Psicólogo de Empresarios
www.psicologocarlosmedina.com

Comparte: