Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Un cliente, conocido empresario en su ciudad, llevaba algunas semanas viniendo a mi programa.
Ya entrados en la intimidad de la conversación terapéutica, me compartió que había un pensamiento que no lo dejaba dormir desde hacía un par de semanas y que eso era justo lo que le había molestado tanto como para buscar un psicólogo especializado en dueños de negocios.
No era un pensamiento de preocupación como los de antes.
Era más bien un video nítido, en alta definición, hasta con olores incluidos: él, sentado afuera de una iglesia del centro de su ciudad, pidiendo limosna, con una mano en la banqueta y la otra extendida.
Hablo de un empresario que tiene coches que valen lo mismo que una casa de tres habitaciones.
Eso, evidentemente, me hacía pensar en el nivel de distorsión que estaba experimentando.
Yo, tratando de ponerme en sus zapatos, seguía escuchando su relato.
Entonces le pregunté desde hacía cuánto le pasaba eso.
Me dijo:
“Como cuatro semanas. Hemos tenido mala cobranza. Pero esto me pasa unas tres o cuatro veces al año. Justo cuando la cobranza cae, regresan estos pensamientos”.
Y aquí está lo que me detuvo en seco.
Yo tenía enfrente a un hombre con patrimonio posiblemente suficiente para dos generaciones.
¿Cómo alguien con esa cantidad de riqueza se imagina, con lujo de detalle, mendigando en la calle?
Ese grado de distorsión no lo explica ninguna hoja de Excel.
Abundancia distorsionada
Esa paradoja, la de “tenerlo todo y sufrir por lo mismo que te lo dio”, me resultó tan extraña que empecé a averiguar si era un caso aislado.
Protegiendo siempre la identidad, comencé a comentar el fenómeno con otros pacientes empresarios.
Les decía algo así:
“Tengo un paciente que, aun con mucho dinero, con solo tener una mala semana su cerebro le fabrica la imagen de que va a terminar pidiendo limosna en la catedral”.
Y muchos más de los que hubiera imaginado me contestaban:
“Este… eso me ha pasado a mí. Y no una, sino varias veces”.
Ahí empecé a darme cuenta de que estos sujetos tienen un mundo bastante oculto.
Así que comencé a hacerles la misma pregunta a muchos.
Fue revelador.
El mismo patrón:
éxito envidiable por fuera, una pesadilla por dentro que no pueden imaginar los empleados, los amigos y, muchas veces, ni siquiera la propia pareja.
No vas a quebrar, tu mente te engaña
Lo que le pasa a estos dueños tiene un nombre clínico muy preciso: catastrofización, o pensamiento catastrofista.
Es una de las distorsiones cognitivas que Aaron Beck, padre de la terapia cognitiva, documentó hace décadas.
Ya que hablamos de “videos mentales”, prepárate para entender cómo funciona.
Ante una señal de amenaza —una mala cobranza, un cliente que se tarda, un mes flojo— tu mente no la procesa como lo que es: un bache normal del negocio que te puede pasar a ti y a cualquier otro empresario.
La toma y la lleva, en segundos, hasta el peor escenario imaginable.
Pero no solo lo imagina.
Lo trata como si ya fuera un hecho inevitable, un destino al que vas irremediablemente.
Tu cerebro salta de:
“Esta semana estuvo apretada”
a:
“Voy a perderlo todo y terminar en la calle”.
Sin escalas.
Se siente tan real que tu cuerpo reacciona como si de verdad estuvieras en la ruina.
Aparecen los síntomas:
presión en el pecho, falta de sueño, irritabilidad, hipervigilancia.
Tu sistema nervioso no distingue entre la catástrofe que realmente está ocurriendo y la que tu mente está fabricando y reforzando conforme pasan las horas.
¿Por qué al empresario le pega tan fuerte?
Cualquier persona puede catastrofizar de vez en cuando.
Pero en el dueño de negocio el fenómeno puede dispararse por una razón muy concreta: estás expuesto constantemente a la incertidumbre que implica manejar una empresa y ser responsable de todo.
Nóminas.
Proveedores.
Familias que dependen de ti.
Decisiones sin garantía.
Tu mente vive escaneando amenazas todo el santo día.
Y una mente entrenada para buscar peligro, tarde o temprano puede empezar a inventarlo incluso cuando no lo encuentra.
Porque el cerebro está cableado para repetir patrones.
Por eso el hombre más solvente de la sala puede ser, al mismo tiempo, el que se imagina mendigo en un par de semanas, haraposo y sucio.
Paremos la catastrofización, ¿sí?
La próxima vez que aparezca uno de esos videos hiperrealistas y catastróficos, no lo pelees de frente.
Hazle una sola pregunta:
¿Qué tan probable es esto, de verdad, con la evidencia real que tengo enfrente?
Escribe la respuesta a mano.
Casi siempre vas a descubrir un abismo enorme entre lo que tu mente predice y lo que los hechos sostienen.
Ese abismo es la distorsión.
No la realidad.
Te conviene dominar esto, porque el mundo es cada vez más complejo para el dueño de negocio.
Eso no significa que vayas a quebrar.
Significa que necesitas aprender a navegar con mayor estabilidad mental los altibajos naturales de tu empresa.
Tú eres quien le da balance a todo.
Un abrazo,
Carlos Medina
El Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com