Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Cuando decidí atender solo a dueños de negocios, una de las historias que más se repetían en ellos y ellas era la contención de sus emociones.
Recuerdo que hace años el dueño de una maquiladora me dijo:
“Carlos, a mi casa no puedo llegar con esta cara de angustia. Ni mi esposa ni mis hijos tienen la culpa de mi estrés ni del desmadre del negocio. En la empresa trato de poner mi mejor cara para no contaminar el ambiente. Y cuando veo a clientes, menos les llevo gestos de drama. Necesito que todos me vean sólido, aunque la empresa esté al borde del colapso. Si yo me quiebro, todos se vienen abajo”.
Llevaba catorce años cargando solo cada miedo, cada duda. Solo.
¿A dónde va la energía que generan esas emociones contenidas durante años?
Solo un dueño de negocio sabe lo que es intentar dormir de jueves para viernes cuando tienes que pagar $850,000 pesos de nómina en ocho horas y tienes en la cuenta $200,000, rezando para que la cobranza entre al 100%, llamando amigos para pedir dinero porque el crédito PYME está a tope. Acostarte al lado de tu pareja viendo al techo, pensando en las caras de los trabajadores, en la erosión de la cultura si su patrón no les cumple.
Solo un empresario te lo puede decir. Si no tienes un negocio, nunca podrás saber lo que esto significa.
Nadie en el mundo de mi cliente sabía lo que pasaba dentro de él. Ni su esposa, con la que dormía todas las noches. Para todos, él era la roca, el inquebrantable.
Ponte a ver: la vida es una narrativa. Tú, sí, tú que lees este texto, vives dentro de una narrativa que tu cultura inculcó en tu mente. Y para el empresario ya existe un arquetipo: el sujeto fuerte, sólido, seguro.
Te enseñaron a lucir invencible
La historia de mi cliente sigue:
“Yo vengo de esa generación de gente cabrona. Soy nieto de españoles veteranos de la guerra mundial, hijo de padre bravo en la calle. En casa aprendimos que primero morir antes que mostrar tus emociones”.
A ti, como empresario, te condicionaron para lucir de una forma muy específica frente a los demás.
Tus empleados, tu pareja, tus amigos, tus pares, todos esperan que proyectes certeza, que tengas las respuestas, que no muestres grietas. Tu pareja necesita tu estabilidad, pues por eso te escogió. Tus hijos te ven como su roca y no les puedes mostrar una escena débil. Tu equipo te necesita firme porque eres un líder.
Aprendiste que mostrar miedo es debilidad, que mostrar duda es perder autoridad.
Entonces te lo tragas, así de simple. Porque yo sé que en algún momento lo sientes, todos lo sentimos. Intentas enterrar esas emociones. Por meses, años, a veces toda la vida adulta.
Y aquí viene el punto de este artículo. Si eres empresario, te interesa.
En 2013, un equipo encabezado por Benjamin Chapman, en un estudio publicado en el Journal of Psychosomatic Research, siguió a 729 personas durante 12 años. Midieron una sola cosa: qué tanto suprimían sus emociones, qué tanto se las guardaban en lugar de expresarlas a otros con libertad.
El resultado fue contundente y desolador, aunque todos lo intuíamos.
Quienes más suprimían tenían un 35% más de probabilidad de morir por cualquier causa y un 70% más de morir por cáncer. Controlaron edad, salud y educación. El dato se sostuvo.
Pero el hallazgo más fino del estudio es el que te tiene que prender el foco.
Lo que más pesó no fue sentir las emociones. Fue no decírselas a nadie.
La supresión que enferma es interpersonal. Es exactamente la conducta que tú presumes como disciplina de líder.
Bienvenido a una nueva paradoja: para ser el dueño tienes que ser fuerte, pero esa “fortaleza” te está matando.
Tu fortaleza tiene un número de mortalidad
Eso que tu mundo premia como fortaleza, aguantar sin mostrar grietas como si fueras Superman, tiene un número de mortalidad asociado.
Y no es magia ni castigo cósmico del que habla el gurú en Instagram. Es biología.
Cuando te tragas lo que sientes de forma crónica, tu cuerpo no lo archiva, lo procesa. Sube tu reactividad al estrés, se desregula tu eje neuroendocrino, tu cortisol deja de moverse como fue diseñado.
Y para compensar el peso que no sueltas, aparecen las conductas de evasión y compensación: el trago de más, la comida como ansiolítico, el trabajo como anestesia, sexo, pornografía, drogas.
Tu cuerpo te pasa la factura por la vía que tengas más a la mano o por la vía a la que hayas sido condicionado.
Mides tu EBITDA, tu flujo, tu rotación, tu margen. Sabes leer el tablero de tu empresa al centavo. Pero la única variable con costo de mortalidad comprobado, tu propia vida emocional, es la que ignoras.
Operas a ciegas sobre lo único irremplazable que eres tú.
Una empresa la reconstruyes.
A ti, no.
Bye es bye.
El precio de sostener el personaje
Si no cambias esto, el desenlace no es abrupto. Es lento.
Un día te das cuenta de que tienes todo lo que querías, pero un cuerpo que ya no responde igual, y unas emociones que de tanto enterrarlas ya ni sabes sentir. Trabajaste tan duro en reprimir lo que sentías que una parte de ti ya no sabe expresarse.
Sostuviste el personaje tan bien que te quedaste solo dentro de él.
No te estoy pidiendo que te derrumbes llorando frente a tu equipo.
Te estoy proponiendo algo más quirúrgico: que construyas espacios. Uno para tu pareja, otro para tu equipo, otro para ti mismo. Todos deben saber, en alguna medida, cómo te sientes. No es arrastrarte ni dar lástima. Es poner sobre la mesa qué emoción tienes frente a los desafíos que enfrentas.
A cada dimensión le tocará un tono y un ángulo diferente. Pero no puedes seguir navegando tragándote todo durante años.
El estudio es claro en algo: saber identificar lo que sientes no es suficiente. Hay que sacarlo.
En un lugar seguro, individual, no grupal, y que te ayude a convertir esa emoción en materia prima para tu desarrollo personal.
Los titanes también lloran
Mis primeros años viendo a megaempresarios llorar me hicieron cuestionar el guion.
Yo mismo era víctima de la narrativa: no parecía propio de un hombre respetado por la sociedad, por sus logros empresariales, ponerse a llorar como un niño en el diván de mi consultorio.
Pero pasaba.
Y tuve que desarmar la narrativa que había en mi mente para comprender que ellos, aunque salgan en portadas de revistas con sus trajes de diseñador, también son seres humanos, con emociones y sentimientos.
Hacerte cargo de tu mundo interno no te hace débil.
Al contrario, te hace mucho más fuerte.
El espacio terapéutico individual existe precisamente para eso: para que digas lo que en ningún otro lado puedes decir, sin que tu rol esté en juego, y lo uses como materia prima para construirte.
Abrazo,
Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com