Porque nadie se ha dado cuenta (todavía)

Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Muchas de las cosas que aplico hoy no las aprendí en libros. Las descubrí por accidente. Porque incluso cuando conoces la teoría, a veces no te cae el veinte hasta que la vida te pone la lección de frente.

Antes del COVID-19, uno de mis primeros clientes empezó a llegar a sesión con una libretita. A partir de la tercera sesión, ahí estaba siempre. Apuntaba y apuntaba.

Después de un par de meses, nuestra dinámica cambió. Dedicábamos la mitad de la sesión a trabajar temas personales y estratégicos, y la otra mitad a revisar qué tanto había cumplido de lo que habíamos acordado la semana anterior. Ese ritual se mantuvo hasta hoy. La única diferencia es que antes era semanal y ahora es mensual.

Este año me dijo algo que me dejó pensando:

“Carlos, como dueño pasé años con un desempeño muy mediocre, pero me ocultaba esa idea a mí mismo. Yo sí presionaba a mi equipo. Pero lo que en el fondo sabía que tenía que hacer yo, lo postergaba. Lo evitaba. Lo congelaba. Y eso le costó crecimiento a la empresa.

Venir acá y comprometerme contigo con tareas específicas me ayudó muchísimo. Porque siendo dueño, nadie me puede presionar. Solo yo podría hacerlo. Pero estando solo, lo que hacía era patear la lata.”

Esa confesión cambió por completo mi modelo de atención.

Con ustedes: el poder del accountability.

La flojera “neuro-típica”

Tu cerebro no está diseñado para la disciplina, está diseñado para la comodidad. No es flojera moral, es una función neurológica de ahorro.

El cerebro consume calorías, así que desarrolló mecanismos para gastar lo menos posible, algo así como un “modo eco”. En nuestro entorno actual esto ya no tiene sentido: hay acceso ilimitado a calorías y podemos pedir una pizza sin movernos. Pero nuestro cerebro sigue siendo, en muchos aspectos, el mismo de hace 100,000 años.

Por eso existe tanto déficit de autogestión.

Postergamos tareas importantes porque no las sentimos como urgentes para la supervivencia… hasta que lo son. Y cuando tu cerebro por fin detecta la urgencia, ya perdiste meses.

Como si eso fuera poco, añadimos a esta ecuación la distracción constante de los smartphones. El resultado es la tormenta perfecta de procrastinación.

No tengo jefe, ¿hago lo que me da la gana?

Todos rinden cuentas a alguien.

El presidente rinde cuentas al congreso, a la prensa y a los votantes.
Los CEOs rinden cuentas a sus consejos directivos.
Los consejos rinden cuentas a los inversionistas.

¿Y tú?

Tú te haces tonto porque puedes.

No tienes jefe. Nadie te pregunta por qué no avanzaste. Nadie cuestiona por qué sigues postergando lo importante. Sin retroalimentación externa, ¿cómo esperas mejorar?

Este es uno de los problemas más grandes de los dueños de negocio: operan en una cámara de eco, racionalizando excusas de por qué su empresa no crece, siempre por factores externos.

La cronología del estancamiento

Enero pasa. “Empiezo en febrero”.
Febrero pasa. “En marzo me pongo las pilas”.

Agendas cosas, pero no las cumples. Compartes un plan inspirador con tu equipo, pero no lo ejecutas. Y sin darte cuenta, llega diciembre y sigues en los mismos números que el año pasado.

El problema no es que no sepas qué hacer. El problema es que sin presión externa, tu cerebro va a elegir la comodidad la mayoría de las veces. Siempre priorizará lo urgente sobre lo importante.

Mientras tanto, tu competencia —que sí tiene sistemas de accountability— avanza como un equipo de canotaje. No porque sean más inteligentes ni porque trabajen más duro, sino porque alguien les exige resultados semanalmente, incluido el dueño.

Señales claras de que necesitas rendir cuentas

No son las únicas, pero estas señales suelen ser evidencia suficiente:

Señal 1
Llevas meses diciendo “la próxima semana empiezo” con el mismo proyecto estratégico. Nunca empiezas porque nadie te pregunta por qué no lo hiciste.

Señal 2
Tus objetivos del año están escritos en una libreta que no has vuelto a abrir desde enero. Sin revisión semanal con alguien externo, son solo buenos deseos.

Señal 3
Justificas constantemente por qué no avanzaste: “estuvo pesado el mes”, “surgieron imprevistos”, “no tuve tiempo”. Sin accountability, nadie cuestiona tus excusas, porque tú eres el jefe y tu propio eco siempre te da la razón.

¿A quién le rinden cuentas los dueños?

No cualquiera sirve para esto. Necesitas a alguien con tres características muy claras.

Primero, que sea inteligente y serio. Alguien cuyo criterio respetes de verdad. Si no respetas su opinión, ignorarás su retroalimentación.

Segundo, que pueda articular tus ideas mejor que tú mismo. Que vea lo que tú no ves y confronte tus narrativas cuando te estás engañando.

Tercero, que tenga accesibilidad. Reuniones semanales o quincenales sin falta. Sin consistencia, el accountability no funciona.

Existen grupos de empresarios donde se comparten avances y se aprende mucho a nivel estratégico. Sin embargo, el efecto grupo suele limitar la sinceridad total. Por eso, la intimidad de un consejero externo suele ser mucho más efectiva.

Ese rol suele tomar la forma de un consejero, un coach de negocios o, en mi caso, un psicólogo de empresarios. La clave es que sea externo. Tu equipo interno no puede darte accountability real porque depende de ti y no te va a confrontar por miedo.

Cuando rindes cuentas a alguien más, te obligas a mejorar. Es como rendirte cuentas a ti mismo, pero con una presión que tu cerebro no puede ignorar.

Enero ya pasó. Pero febrero puede ser diferente.
Si implementas accountability ahora, rescatas el año.
Si lo sigues postergando, nos vemos en diciembre con los mismos resultados.


Carlos Medina
Psicólogo de Empresarios
www.psicologocarlosmedina.com

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