Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Siempre me ha llamado la atención que en las universidades y escuelas de negocios entrenan a los futuros empresarios como si todo fuera a salir bien.

En los pocos casos en que analizan estudios de “crisis”, eso no sirve de mucho cuando te ves acorralado, sin flujo de efectivo, con vencimientos que exceden tres veces lo que tienes en la cuenta bancaria, y con el proveedor clave —el que hace que tu negocio funcione— llevándote al límite.

La realidad es que no existe un entrenamiento psicológico para preparar a quien va a ser la cabeza que se pasará resolviendo problemas de su negocio durante los siguientes 20 o 30 años.

Aunque es difícil cuantificar ese costo psicológico, hay algo seguro: ya lo vienes pagando.

Obviamente no aparece en tu estado de resultados. Mucho menos lo vas a ver en un dashboard. Pero ahí está: constante, fiel, pasándote factura y cobrándote poco a poco desde la cuenta bancaria de tu paz mental.

La salud mental del empresario es un tema tan olvidado que incluso se ve mal que el dueño de un negocio reconozca algo tan simple como: “me siento mal, ansioso, estresado”.

¿Y por qué pasa eso?

Porque se asume un arquetipo de empresario que públicamente tiene control de absolutamente todo.

El tema es que tú, como empresario, y yo, como tu psicólogo, sabemos que en realidad tienes control de muy pocas cosas, y que constantemente estás frente a desafíos que pueden sacarte de balance, hacerte mostrar síntomas y, en algunos casos, desarrollar un trastorno.

Sin ánimo de aburrirte con estadísticas, solo voy a citar una: investigadores de la Universidad de California y Stanford encontraron que el 72% de los emprendedores se ven afectados negativamente por condiciones de salud mental.

Casi tres de cada cuatro.

Yo hoy, en 2026, diría que son nueve de cada diez.

Y no es casualidad ni debilidad de carácter. Es el costo predecible de una forma de relacionarte con tu negocio para la que nadie te entrenó bien.

¿De qué se enferman los empresarios?

En el consultorio comencé a documentar cuáles eran los síndromes o trastornos que afectaban a los dueños de negocio que llegaban conmigo.

Y aunque no tengo una muestra representativa como para hablar de estadísticas nacionales, sí pude ver que había cinco que predominaban. Los vi repetirse tanto que les puse un nombre, en forma de acrónimo, para no olvidarlos: A.D.E.B.A.

Te los menciono uno por uno:

Ansiedad, la más común de todas: esa alerta incómoda que no se apaga ni los domingos.

Depresión, cuando ya le perdiste el sentido a lo que haces.

Estrés, que pone tu cuerpo en modo ataque o huida durante más tiempo del que biológicamente puede aguantar.

Burnout, cuando ese cansancio ya ni con vacaciones de 30 días se te quita.

Y, a mi parecer, el que crece a pasos agigantados: abuso de sustancias. El trago, la pastilla o incluso drogas recreativas; lo que sea que te ayude a navegar una realidad con la que no puedes lidiar en estado consciente.

Estos cinco síndromes o trastornos son los que más se repiten en los empresarios que yo atiendo.

Y todos tienen un denominador común que casi nadie ve.

No es el negocio. Es tu relación con el negocio

Aquí está el punto que quiero que te lleves, porque puede darte una perspectiva nueva.

Tú crees que la ansiedad, el agotamiento o el insomnio vienen de los problemas de tu empresa.

Y es lógico pensarlo, porque en parte es así.

Pero el detonante real no es la empresa.

Es la forma en que te relacionas con ella.

Una relación que se volvió disfuncional sin que lo notaras. Una en la que tu paz depende de que al negocio le vaya bien. Una en la que no puedes soltar ni un domingo. Una relación de codependencia total, de la que no sabes cómo salir, porque esa misma entidad es la que te da de comer.

Y no llegaste por casualidad a esa relación abrasiva.

Te entrenaron cuidadosamente para ella.

La cultura del emprendimiento te enseñó que un buen dueño es el que no para, el que aguanta, el que carga con todo sin quejarse, el que sacrifica lo que sea por su empresa.

Sí, trabajar duro es necesario.

Pero lo que sucede es que te entrenaron para fusionarte de tal forma con tu empresa que terminó siendo más alto el costo psicológico que el beneficio económico.

¿Qué tan libre eres?

El filósofo Byung-Chul Han describió este dilema con una agudeza punzante.

Dijo que el sujeto moderno ya no necesita un amo que lo explote —ese amo del que tanto luchamos por quitarnos de encima—, sino que ahora se explota a sí mismo, y lo hace convencido de que está siendo libre.

El amo y el esclavo se volvieron la misma persona.

La presión del estatus te llevó a una trampa que tú interpretas como libertad, hasta que no logres arreglar la relación que tienes con tu empresa.

Nadie te obliga a revisar el celular a las once de la noche.

Nadie te prohíbe irte de vacaciones sin abrir la laptop.

Y, sin embargo, no puedes sentirte libre.

Te conviertes en tu propio capataz las 24 horas y, encima, crees que esa es la definición del éxito, porque la gente a tu alrededor espera justamente eso de ti: que seas dedicado, sacrificado.

A veces pienso que hasta enfermarse se ha vuelto un trofeo en esta sociedad.

Arregla tu relación

Tu empresa ejerce una influencia sobre ti todos los días, la notes o no.

Así como tú la moldeaste a ella, ella te moldea a ti de vuelta.

Y si no cuidas esa influencia, si la dejas correr en piloto automático, se convierte en erosión psicológica.

Una erosión lenta, silenciosa, que un día toma la forma de alguno de esos síndromes o trastornos.

Y ojo: no te estoy diciendo que vendas tu empresa y te vayas a una isla.

No.

La idea es que te cuestiones si el costo mental que estás pagando puede ser menor.

Y en el 99% de los casos, sí es posible.

El primer paso es dejar de creer que el problema está solo en los números de tu empresa, y empezar a mirar lo que esos números te están haciendo por dentro.

Así que te dejo con la pregunta que de verdad importa, la que ningún estado financiero te va a contestar:

Tu negocio te da una cifra de ingresos cada año. ¿Sabes cuánto te está cobrando, en salud mental, a cambio?

Posiblemente tienes que integrar ese KPI a tu dashboard… personal.

Un abrazo,

Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com

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