Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Un paciente me hizo una vez, en voz alta, una pregunta que se me quedó grabada.
Veníamos hablando de sus miedos de quebrar, de no tener la capacidad de librar la crisis que tenía en su negocio, y de pronto se quedó callado, con la mirada perdida. Volteó a verme y me preguntó:
“Si de las 52 semanas del año vivo más del 80% así, con esta angustia, ¿de veras vale la pena el dinero que gano si me la paso sufriendo?”
Yo no tenía una respuesta simple.
Así que le devolví otra pregunta:
“Antes de medir ese sufrimiento, dime una cosa: ¿por qué abriste tu empresa?”
Me contestó rápido, casi sin pensar:
“Pues para tener lo que tengo”.
Ahí hay una paradoja bastante sutil y esquiva: abrimos una empresa para vivir mejor y terminamos sufriendo demasiado.
Esa parte no la vimos en el radar.
Si le preguntas a cualquier dueño por qué lo hizo, probablemente te va a decir “por libertad económica”. Y tiene razón. Es un motivador poderoso.
Pero a mí nunca me cuadró del todo.
Ese motivo, por sí solo, no alcanza a explicar por qué alguien aguanta tantos años de friega callándosela. Debajo del dinero hay algo más, especialmente porque el dinero es un invento relativamente nuevo.
Indagando con mis pacientes dueños de negocios, logré encontrar tres capas que explican con más detalle por qué abrimos una empresa.
Capa 1: la capa biológica
Acumular recursos para no morir está escrito en tu ADN, y el cerebro de nuestra especie tiene unos 200 mil años. De manera que sigues operando con el mismo hardware de la caverna en un mundo que cambió por completo.
Ya no andas por la pradera juntando frutas y semillas, pero el impulso de acumular recursos sigue intacto.
Lo único que cambió fue el método: hoy los consigues a través de una empresa.
Por debajo de tu vida civilizada, el trabajo de tu cerebro es uno solo: mantenerte vivo. Y una de sus estrategias favoritas es empujarte a producir.
Construiste la máquina que te consigue los recursos que aseguran tu supervivencia.
No fue del todo una decisión racional.
Fue también un instinto primitivo.
Capa 2: la capa social
Pero para un primate como tú, sobrevivir nunca fue solo cuestión de comida. También fue cuestión de pertenecer a una manada.
Pertenecer a un grupo aumentaba las probabilidades de seguir vivo. Y no bastaba con pertenecer: había que ocupar un buen lugar dentro del grupo.
A aquellos integrantes de la manada a quienes les tocaba hasta abajo, los recursos, las parejas y la protección les quedaban fuera de su alcance.
Somos primates con un cerebro sofisticado, pero por dentro siguen corriendo algunos de esos patrones de sabana.
Cuando montas un negocio creyendo que vas detrás del dinero, en una capa más profunda opera, sin que lo sepas, un programa mucho más viejo: el que busca darte estatus dentro de la manada.
Porque ese estatus abre acceso a muchas de las cosas que consideras necesarias para tu supervivencia y bienestar.
Eso que hoy llamamos, tan elegantemente, “escalera social” viene de nuestros antepasados trepados en los árboles.
Capa 3: la capa psicológica
Y llegamos a tus creencias y tu identidad.
Tú, como adulto, traes un manual que nunca leíste, pero que ejecutas todos los días.
Fue escrito por tu familia, tu cultura y tu historia.
Frases que se te grabaron tan temprano que ya ni las escuchas:
“Hay que ser alguien en la vida”.
“Si no te esfuerzas, vas a terminar como tu tío, que es un perdedor”.
Esas frases son bloques que van formando creencias. Y esas creencias terminan dominando pensamientos y conductas.
Repetidas durante años a través de tu empresa, dejan de ser solamente algo que piensas y empiezan a convertirse en algo que eres.
Al principio, tu negocio era una cosa que hacías.
Pero cada crisis que resolviste estuvo, en parte, atravesada por el miedo a fallarle a esas creencias. Y has puesto tanta energía mental en ese papel que la empresa terminó convirtiéndose en una parte central de quién eres.
Por eso el negocio termina siendo tu carátula hacia el mundo.
Cuando te presentan en una comida, no dicen solamente tu nombre. Dicen:
“Él es el dueño de tal cosa”.
Y tú asientes con una sonrisa, reafirmando que eres “Carlos, el ferretero”.
Sin darte cuenta, te vas creyendo que ahí, en ese título, vive todo lo que eres.
El problema no es que te llamen así. De hecho, puede ser bueno para tu negocio.
El problema aparece cuando te fundes tan completamente con la empresa que dejas fuera tu conciencia personal.
Porque el día que la empresa tiembla —y sabemos que toda empresa tiembla varias veces— no sientes únicamente que está en riesgo tu cierre de mes.
Sientes que estás en riesgo tú.
No es que puedas perder algo que tienes.
Es que puedes dejar de ser quien eres ante la sociedad e incluso ante ti mismo.
Ahí el miedo se vuelve existencial.
Y ningún Excel puede resolverlo.
Hazte esta pregunta
Despójate por un momento del papel de empresario.
Imagina que no tienes negocio y respóndete con honestidad:
Si tu empresa desapareciera mañana, ¿tú quién serías?
Si aparece un silencio incómodo, si te cuesta encontrar una sola palabra que no pase por tu negocio, no te asustes.
Es una señal de que tu identidad está fundida con tu empresa.
No te hago esta pregunta para arrancarte esa identidad de empresario que tanto gozas y que tanto trabajo te ha costado forjar.
Al contrario.
La hago para que la integres de forma sana y puedas convivir con ese rol durante muchos años sin que se vuelva una cárcel.
Ya comprendes que no abriste tu empresa solo por dinero.
La abriste empujado por tu biología, por tu necesidad de estatus y por unas creencias que, con los años, se convirtieron en parte de tu identidad.
Nada de eso lo elegiste completamente tú solo.
Venía cableado, heredado, colocado ahí desde mucho antes de tu primer día como dueño.
Un abrazo,
Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com