Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
El dueño de una maquiladora de aluminio me contactó en 2022 porque se quejaba de que su empresa tenía problemas de retrabajos, ventas irregulares y tareas que no se cumplían.
Su hipótesis era que algo ocurría con la motivación de su equipo ejecutivo.
Al final de la llamada me dijo:
“Bueno, ¿dime qué reportes te mando? ¿Quieres nuestro manual de cultura organizacional?”
Le respondí:
“No me mandes nada de eso. Ni reportes ni tu manual de cultura organizacional. Mejor invítame a dos reuniones con tu equipo ejecutivo y te digo dónde está tu problema.”
No le hizo mucho sentido mi propuesta. Posiblemente para ti tampoco.
Ante su cara de incredulidad, le expliqué:
“No soy consultor, soy psicólogo. Mi trabajo es analizar y comprender tus conductas y las de las personas que te ayudan a lograr objetivos. Si me invitas a dos o tres reuniones, te doy un diagnóstico bastante preciso.”
No lo vi muy convencido, pero me compartió la agenda para que yo pudiera asistir a dos o, mejor aún, tres reuniones y tener evidencia suficiente.
Tu sala de juntas no miente
Una reunión no solo te muestra cómo funciona tu empresa.
Te muestra cómo funcionas tú como dueño de ella.
Cada palabra que dices, cada gesto que haces frente a tu equipo, a quién interrumpes sin reparo, qué dejas pasar haciéndote el loco, cuándo tu cara se ve claramente incómoda o esas decisiones que aplazas y aplazas.
Todo eso que veo en esas reuniones no está ensayado.
Es tu psicología en vivo y directo, sin maquillaje.
Y lo interesante es que esas mismas conductas probablemente explican buena parte de los problemas que estás intentando resolver.
Te voy a mostrar tres que no solo te alejan de tus metas, sino también de ese empresario en quien te quieres convertir.
Suceden justo en tus reuniones.
Léelas con calma y fíjate si te ves reflejado en una o varias.
1. Complaces para que te quieran
En la junta lo noto clarísimo.
Suavizas los temas. No confrontas al que no cumplió. Asientes con la cabeza. Repartes elogios para que nadie salga incómodo. Y cuando alguien falla, tú mismo le construyes la excusa antes de que la pida.
Te sientes un “líder democrático y empático” que cuida el ambiente. Un jefe humano.
“Es que los Gen Z así son.”
Pero debajo puede haber otra cosa: tu necesidad de que te quieran.
En el fondo, sientes que tu valor como persona depende de la aprobación de quienes te rodean, entre ellos tus empleados.
Por eso confrontar se siente como una amenaza de perder ese afecto, y prefieres un resultado tibio con tal de no sentirte rechazado.
¿Miedo a que renuncien?
¿Miedo a que hablen mal de ti en los pasillos?
No lo sé. Pero puede haber un miedo detrás.
Independientemente del motivo psicológico que te vuelve complaciente, hay una consecuencia concreta: entrenas a tu equipo para no dar su mejor esfuerzo y, de paso, pierdes respeto.
Queriendo caer bien, terminas convertido en el “jefe barco”.
2. Pospones lo que te incomoda
Llega el tema incómodo.
Ese que exige una decisión difícil: el conflicto entre dos gerentes, matar un producto al que ya le invertiste dinero, llamar la atención a tu gerente de confianza porque lleva meses atrasado.
Esperas que nadie lo toque.
O peor todavía:
“Sí, sí, lo vemos en la próxima.”
Y la próxima.
Y la próxima.
Hasta que ya nadie lo menciona y, evidentemente, termina explotando en forma de crisis.
Lo que evitas no es necesariamente la decisión.
Es la fricción emocional que viene con ella.
Tu mente aplaza para no sentir hoy la incomodidad de lo difícil y te vende el cuento de que estás “esperando el momento correcto”.
Ese momento casi nunca llega.
Mientras tanto, el problema no desaparece por arte de magia. Crece y contamina a un equipo que ya aprendió que contigo las cosas difíciles se evaporan o se posponen.
Nadie te lo va a decir en la cara porque eres el dueño.
Pero en su cabeza ya existe la idea de que evitas la fricción.
3. Quieres controlar hasta el último detalle
Esta probablemente sea la más visible de las tres conductas en una reunión.
Contestas por todos. Interrumpes para terminar las frases de los demás. Secuestras la conversación hasta que termina haciéndose lo que tú dices.
Nadie decide nada sin voltear a verte primero.
Y poco a poco le vas cortando las alas a tu equipo.
No lo dices verbalmente, pero en el fondo piensas:
“Nadie lo hace como cuando yo intervengo.”
Muchas veces, esa necesidad de controlar es la forma que encontró tu mente para calmar la ansiedad.
Sientes que, si sueltas, algo puede derrumbarse.
Y entonces te conviertes en indispensable.
El problema es que una empresa que depende de ti para cada decisión tiene como techo tu propia capacidad de intervenir.
Lo que de verdad hay que cambiar
¿Logras ver el patrón?
Las tres conductas pueden viajar acompañadas del miedo.
Miedo a no ser querido.
Miedo a la fricción emocional.
Miedo a soltar y salir con las tablas en la cabeza.
No te sientas mal.
El miedo es una de las emociones más poderosas de nuestra biología y está profundamente relacionado con la supervivencia.
El problema aparece cuando empieza a dirigir tus conductas frente al equipo.
Y ninguna de estas situaciones se arregla únicamente con un curso de “cómo tener juntas efectivas”.
Porque el problema no está en la agenda ni en el formato de la minuta.
Está en lo que tú sientes cuando entras a esa sala.
Pensarás que el problema está en tu equipo.
Pero muchas veces también está en cómo tú has construido la relación con tu empresa, una relación donde aparecen tus emociones y rasgos que se formaron mucho antes de que te convirtieras en empresario.
Puedes cambiar el software.
Contratar al mejor gerente.
Rediseñar el organigrama.
Pero mientras no mires lo que tú llevas a esa mesa cada semana, tus juntas seguirán revelando al mismo dueño.
Y tu empresa seguirá topando con el mismo techo.
La próxima vez que entres a una reunión, no observes primero a tu equipo.
Obsérvate a ti.
Y pregúntate:
¿Qué versión de mí se acaba de sentar en esta silla de director general?
Un abrazo,
Carlos Medina
El Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com