Tu visión no está muerta, está dormida
Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Una de las cosas que más disfruto de mi consulta con dueños de negocios es la variedad de casos que recibo. Uno de los factores que más cambia la perspectiva de las personas es la antigüedad que tienen al frente de una empresa.
Es fascinante ver la diferencia entre cómo interpreta el mundo un emprendedor que debuta a los 24 años con su primer proyecto y la forma en que lo hace un empresario de 55 años con tres décadas manejando negocios.
Hoy quiero hablarle al grupo que lleva al menos diez años en esto de dirigir una empresa. En ese periodo, normalmente la persona ya ha formado lo que yo llamo su identidad empresarial. Es tiempo suficiente para haber tenido buenos años, malos años, crisis, triunfos y reveses que te cuestionan hasta lo más profundo.
En una sesión, un empresario con 18 años al frente de su negocio me compartió algo que me dejó pensando. Le pregunté qué quería lograr el siguiente año. Se tomó unos segundos antes de responder.
“Carlos, ya no sé qué quiero. Creo que tiendo a ver lo que puede salir mal. He perdido la capacidad de imaginar algo mejor después de tantos madrazos en este negocio.”
No era depresión ni tenía que ver con los principales trastornos que suelen padecer los empresarios.
Tampoco era falta de ambición. En el fondo seguía queriendo más, algo completamente normal en personas con un perfil competitivo.
Era algo más sutil: había perdido su visión de futuro.
Después de tantos golpes, se volvió un poco cínico. Y ese cinismo lo tenía completamente estancado. Se había convertido en una máquina de pensamientos negativos. No catastróficos, pero sí lo suficientemente pesimistas como para frenar el crecimiento de su propia empresa.
Ya sé, suena paradójico. Bienvenido a la mente de un empresario.
Tu visión de un buen futuro se desgastó
Hay un fenómeno que veo constantemente en empresarios con años en el juego. Después de suficientes decepciones, traiciones y fracasos, el cerebro empieza a protegerse. Y la forma más eficiente de hacerlo es dejar de imaginar que las cosas pueden mejorar.
Eso te lleva a tomar menos riesgos, e incluso a rechazar buenas oportunidades.
Te vuelves cínico. Empiezas a ver problemas en todo. Cada oportunidad nueva pasa por un filtro mental que dice: “¿Qué será lo malo que me espera acá?”
Ya no puedes visualizar tu empresa creciendo, y eso genera un conflicto interno porque, en el fondo, sí lo deseas.
Hace tiempo que no imaginas un futuro donde las cosas funcionen mejor.
Tu visión se fue desgastando. Y sin visión, solo queda el estancamiento.
Muchos empresarios creen que el optimismo es cosa de gurús. Y es entendible, porque los vende humo han abusado del discurso del “poder mágico del pensamiento positivo”.
Otros piensan que el optimismo es algo con lo que naciste o no naciste. Como si fuera un rasgo fijo de personalidad.
Entonces, cuando pierdes la capacidad de imaginar un mejor futuro, asumes que ya no hay nada que hacer.
“Me volví realista.”
Pero muchas veces “realista” es solo una forma elegante de decir que dejaste de creer que puedes construir algo mejor. O incluso que dejaste de creer en ti mismo, que sería lo peor para un empresario.
No dejes que se vaya el optimismo
Sin la capacidad de imaginar un futuro mejor, tu empresa se estanca.
Porque no puedes construir lo que no puedes imaginar.
Léelo de nuevo: no puedes construir lo que no puedes imaginar.
Dejas de tomar riesgos calculados. Todo parece peligroso. Cada decisión de crecimiento te genera ansiedad en lugar de entusiasmo.
Tu equipo lo percibe poco a poco. El cinismo se contagia. Y nadie quiere seguir a un líder que solo ve problemas.
Con los años, el equipo también se desgasta. Y la cultura de la empresa empieza a abrazar el pesimismo como narrativa interna.
¿Qué dice la evidencia acerca del optimismo?
Un estudio publicado en el Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry (Meevissen et al., 2011) demostró algo que todo empresario debería saber: el optimismo no es un rasgo fijo, se puede entrenar.
En el experimento, los investigadores pidieron a los participantes imaginar durante cinco minutos al día su “mejor yo posible” en tres áreas: personal, relacional y profesional.
Solo dos semanas de esta práctica aumentaron significativamente sus niveles de optimismo.
No se trataba de pensamiento positivo genérico, sino de visualización estructurada de un futuro específico donde las cosas funcionan.
Para un dueño de empresa, esto significa entrenar tu cerebro para volver a imaginar escenarios como:
- Tu empresa creciendo en facturación y EBITDA
- Tu presencia en el mercado fortaleciéndose
- Tu equipo desarrollándose y ejecutando con autonomía
No como fantasía, sino como una posibilidad real que puedes construir.
Receta de tu psicólogo empresarial
Tu visión no está muerta. Está dormida.
Es posible que la hayas protegido tanto de las decepciones que olvidaste cómo usarla.
Pero puedes entrenarla otra vez, como si fuera un músculo.
Empieza con cinco minutos al día imaginando con detalle cómo quieres que evolucionen tu empresa, tu vida y tus relaciones. No afirmaciones vacías, sino visualización concreta.
Muchos de mis clientes tienen una pequeña sesión de “mindseteo” antes de comenzar su día. Son manifiestos diseñados para ellos que los colocan en una frecuencia de optimismo, incluso cuando el contexto es adverso.
Les ayuda a navegar los momentos difíciles sin desarrollar una identidad de cinismo.
Tu empresa no crece más allá de lo que puedes imaginar.
Si solo ves problemas, solo construirás soluciones para sobrevivir.
Empieza a imaginar un futuro mejor. Tú y tu equipo lo necesitan.
Carlos Medina
Psicólogo de Empresarios
www.psicologocarlosmedina.com