Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Hace un tiempo llegó a consulta una empresaria del mundo restaurantero para trabajar su crecimiento personal.

En una de las sesiones vino con una frustración atorada en la garganta. Su negocio operaba con un software que, en cierto punto de su crecimiento, se había convertido en un cuello de botella: un pequeño detalle técnico le impedía tomar más pedidos.

Le pedí que le dijera a su desarrollador que hiciera el ajuste para poder vender más. Ese tipo de cosas suelen resolverse.

Al día siguiente escribió un correo para solicitarlo.

La respuesta fue:

“No se puede”.

Y punto.

Para rematar, ni siquiera le dieron oportunidad de tener una llamada para explicar su caso.

Regresó a consulta y, como siempre, comencé con mi pregunta de inicio:

“¿Cómo te encuentras hoy?”

Pude ver en su lenguaje corporal que venía enojada.

Y yo, que ya he visto esa emoción en cientos de empresarios, sé que ese estado, bien aprovechado, puede ser el inicio de una transformación inesperada.

Le pregunté cómo se sentía.

“Enojada”, me dijo.

Y le respondí algo que quizá ningún psicólogo de manual diría por considerarlo antiterapéutico:

“Enójate más. Enójate todo lo que puedas, porque esa gente está atentando contra tu crecimiento.”

Cuando el enojo ya estaba bien encendido en sus ojos, le hice la pregunta que cambia el chip:

“Ahora que sí estás verdaderamente enojada, ¿qué vamos a hacer? ¿Te vas a quedar así o vamos a actuar?”

Y salió, de manera fluida, de su rostro descompuesto:

“Voy a buscar otro proveedor que sí me resuelva esto.”

Bingo.

Ese era justo el estado mental que yo buscaba.

Bienvenido sea el enojo

Muy posiblemente, el enojo es una emoción que te enseñaron a apagar.

Déjame hacerte una pregunta un poco engorrosa:

¿Y si el enojo, esa emoción que toda la vida te dijeron que estaba mal, fuera justo la que te falta para romper tu techo?

A la mayoría nos educaron para apagarlo y esconderlo:

“No te enojes”.
“Cálmate”.
“Respira”.

Y entonces aprendiste a tragártelo o, peor aún, a sentir culpa por sentirlo.

Pero apagar el enojo no lo elimina.

Solo lo desperdicia.

Y lo que no se encauza puede terminar convertido en resignación.

Querido dueño de negocio, esta emoción puede ser el plutonio que necesitas.

Pero bien encauzado.

Ninguna emoción sobra. Todas son necesarias

Seguramente viste la película Intensamente. Te la dejo como referencia popular para presentarte a la psicoterapeuta mexicana Myriam Muñoz Polit, que lo explica con un modelo que me encanta por lo simple: MATEA.

Cinco emociones básicas:

Miedo.
Afecto.
Tristeza.
Enojo.
Alegría.

Y ojo acá, porque esto es lo importante:

Ninguna es buena ni mala.

Las cinco son funcionales. Las cinco traen un mensaje y una energía útil para tu supervivencia y tu florecimiento como empresario.

El enojo tiene una función muy específica: defender lo que valoras y movilizarte cuando algo atenta contra ti o contra lo que estás construyendo.

No es un error del sistema neurológico.

Es el sistema haciendo su trabajo.

Por eso, cuando observas a grandes fundadores, rara vez son “blandos” por dentro.

Son una mezcla intensa y variopinta de emociones.

Pueden lucir elocuentes y tranquilos precisamente porque saben controlar su enojo.

Y en muchos de ellos, el enojo bien dirigido fue el motor que les permitió no aceptar un “no se puede” como sentencia final que sellara un estancamiento.

Ahora sí, cuidado con tu enojo.

No te estoy dando permiso de convertirte en un colérico que estalla, golpea el escritorio e insulta a su equipo.

Eso no es canalizar el enojo.

Eso es ser esclavo de él.

Manejar bien tu enojo es como aprender a controlar a un monstruo poderoso.

Usado con maestría, derriba muros y rompe techos.

Usado sin control, se voltea contra ti y destruye a tu equipo, tus relaciones y a ti mismo.

Tres señales de que sabes usarlo a tu favor

1. Lo sientes y lo nombras sin sentirte agobiado

Sabes que estás enojado y lo reconoces, incluso en voz baja, sin negarlo ni avergonzarte por sentirlo.

No te lo tragas.

Pero tampoco se lo escupes a nadie.

2. Lo conviertes en conducta, no en berrinche

Ese enojo no se va en gritos ni en un correo escrito a las once de la noche que vas a lamentar después de darle send.

Se convierte en una acción concreta:

buscar otra opción, poner un límite, mover la ficha que destraba el problema.

3. Cuando baja, no deja destrozos

Lo enciendes, lo usas como combustible y luego baja sin dejar gente herida en el camino ni puertas cerradas que te convenía conservar abiertas.

Lo controlas tú.

No al revés.

Enójate y sal con la tuya

Regresemos a mi clienta.

Esto fue lo que pasó.

Se reunió con otro desarrollador y no solo le dijeron que sí se podía hacer lo que necesitaba: descubrieron que ella tenía tal cantidad de insights que podían hacer mejor ese software.

Le resolvieron lo que pidió y la dejaron como aliada clave.

Win-win.

Rompió su techo y ganó un socio estratégico que le ayuda a hacer crecer su negocio.

Todo porque, en vez de tragarse el “no se puede”, dejó que su enojo la empujara a buscar algo mejor.

La triste historia es que la mayoría se queda con la respuesta que la limita.

Acepta demasiado rápido que el techo que alguien más le puso es una sentencia.

Y ahí se queda estancada.

Seguro conoces a alguien en ese estado.

O quizá te ha pasado a ti.

Yo, como psicólogo, sé que manejar tu negocio te obliga a navegar por un mar de emociones y que, a veces, te toca tormenta.

Pero el día que dejes de pelearte con ellas y aprendas a identificarlas y a jugar en equipo con cada una, incluido tu enojo, vas a ser imparable.

Un abrazo,

Carlos Medina
El Psicólogo de los empresarios
www.psicologocarlosmedina.com

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