Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Absolutamente todos los casos de empresarios que me ha tocado atender durante estos años me dejan ver algo muy evidente, aun cuando el propio empresario no lo note: después de estar 10, 15 o 20 años al frente de una empresa, esa persona ha evolucionado inevitablemente hacia una versión mucho más capaz de sí misma.

De hecho, me atrevería a decir que, en muchos aspectos, ya no es ni de cerca la misma persona.

Quizá lo más interesante de este hallazgo es que el sujeto en sí no logra darse cuenta. La mayoría de las veces sigue navegando con cierta ceguera, porque solo se enfoca en resolver los problemas de su empresa, pero no se ha detenido a analizar cómo todos estos años resolviendo problemas han moldeado su personalidad.

Piénsalo un segundo.

El que eras cuando abriste, con sus miedos, sus vacíos de conocimiento, su forma de reaccionar bajo presión, ¿todo eso no ha cambiado?

Cualquier persona que haya tenido que atravesar 20 crisis avanzará inevitablemente hacia un cambio profundo. Y eso lo viven todas las personas que deciden ser empresarios.

¿Un cambio voluntario?

Tú no mejoraste por disciplina zen ni porque leíste Hábitos Atómicos.

Mejoraste a la fuerza.

La nómina que no sabías si iba a salir te enseñó a manejar la incertidumbre mientras te comías las uñas. El socio que te falló te enseñó a no confiar ciegamente. El cliente que perdiste te obligó a ser menos arrogante.

No fue voluntario. Fue evolución bajo presión.

Bendita presión, cómo nos ayuda a crecer.

Los psicólogos Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun, de la Universidad de Carolina del Norte, acuñaron en los años noventa el concepto de crecimiento postraumático: el cambio positivo que surge, no del trauma en sí, sino de la lucha con la adversidad, de esos pensamientos que tienes mientras atraviesas ese pequeño infierno.

Documentaron que muchas personas, después de crisis fuertes, desarrollan más fortaleza personal, mejores relaciones y una visión más clara de sus prioridades. Un cambio de perspectiva tan poderoso que las vuelve más fuertes.

Pero ojo con el detalle fino.

El crecimiento no lo produce el golpe. Lo produce cómo procesas el golpe.

La misma investigación separa claramente entre darle vueltas al problema de forma destructiva y procesarlo de forma reflexiva para extraer el aprendizaje que te toca.

Una te hunde y te estanca.
 La otra te construye y te saca adelante.

El golpe es igual. El destino, no.

Mejoraste por carambola, no por intención

Desde mi silla veo cómo aplicas mejora continua obsesivamente a tu empresa. Optimizas procesos, afinas métricas, capacitas al equipo. Eres implacable con el negocio para que funcione como un coche de Fórmula 1.

Pero rara vez, casi nunca, te aplicas ese mismo rigor a ti mismo. A tu mente. A cómo procesas tus propias caídas.

Siempre les pregunto a mis pacientes empresarios:

“¿Te has preguntado cuánto has crecido tú en estos últimos 10 años?”

La mayoría responde que no, que no ha hecho esa reflexión.

Esa es la gran paradoja del dueño: se volvió una máquina de mejora continua para todo lo externo, mientras deja su mundo interno sin instrumentar.

¿Y a la persona que la dirige, quién la mejora, y cómo?

Mejorarte tú es mejorar tu empresa

Lo que te propongo es simple de entender, aunque en muchos casos difícil de hacer solo: toma esa capacidad y esa energía que has puesto para mejorar tu empresa, y llévala al ámbito personal.

Yo comenzaría con dos preguntas:

¿Qué he mejorado yo como persona por la presión que ha ejercido la empresa en mí en los últimos años?

Si sigo gestionando mi empresa, ¿cómo puedo aprovechar esa presión para que me ayude a crecer como persona?

Es un ejercicio sencillo de autorreflexión. No intento llenarte más el plato. Al contrario: busco que crezca tu conciencia para que proceses mejor.

Para que cada revés que la vida te ponga enfrente, cada reto, lo conviertas de forma intencional en la siguiente versión de ti.

Esa es la diferencia entre un empresario que envejece cansado y harto, y uno que a los veinte años de trayectoria sigue aprendiendo y creciendo.

Ya eres una máquina de mejora continua con tu empresa.

Solo que nadie te enseñó a usarla contigo mismo.

Abrazo,

Carlos Medina
 Psicólogo de empresarios
 www.psicologocarlosmedina.com

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