Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Uno de los momentos más tensos que me toca presenciar como psicólogo de empresarios es cuando una startup se dirige a su primera levantada de capital.

Hay tantos factores en juego que la tensión psicológica para el dueño se dispara. Y entre los más duros está uno: saber si estás negociando bien tu equity.

Hace años, un cliente se encontraba justo ahí, frente a un deal que le planteaba un inversionista. No quiso esperar las ocho semanas de valuación que le pedía una consultora especializada. Por impaciencia, y ante la presión del inversionista, cerró en tres. A un monto muy bajo.

Después se enteró de que pudo haber pedido un 80% más. Casi el doble.

Y no solo dejó dinero en la mesa. En la prisa también firmó derechos corporativos que le metieron un socio incómodo, uno que hoy interviene en decisiones que no domina.

Buscaba capital para avanzar más rápido. Pero la impaciencia lo dejó atado a alguien que le estorba.

Ni modo: ahora toca asumir las consecuencias de la impaciencia.

¿Cuánto cuesta ser impaciente?

Comencemos por definir el término, clínicamente hablando.

La intolerancia a la incertidumbre, estudiada a fondo por Dugas y Freeston, describe el agobio de no tener la respuesta a un problema en el momento en que se desea. La mente lee la incertidumbre como amenaza y empuja cualquier acción que la cierre, aunque cerrarla cueste carísimo.

Eso fue lo que ese empresario compró en realidad.

Pensó que, aceptando el capital rápido, se aliviaría: ya no habría incertidumbre.

Y esto no es nuevo ni raro. Hay casos célebres.

En 1976, Ronald Wayne fundó Apple junto a Steve Jobs y Steve Wozniak. Tenía el 10% de la empresa. Doce días después vendió su parte por 800 dólares. Esa participación hoy valdría decenas de miles de millones.

La mayoría cree que fue ignorancia. No lo fue.

Wayne tenía más patrimonio que los otros dos y temía quedar expuesto a las deudas mercantiles si Apple quebraba estando en manos de un hippie y un geek. Vendió su parte y, a cambio, compró lo que creyó que era certeza.

Vendió porque no pudo sostener la incomodidad el tiempo suficiente.

Fue impaciente.

Mi cliente y el tercer fundador de Apple, separados por casi medio siglo, cometieron el mismo movimiento: descontaron una pérdida futura —invisible, abstracta— con tal de comprar alivio inmediato.

Eso está detrás de casi toda decisión impulsiva de un dueño:

  • contratar gente de golpe sin filtrar
  • abandonar una campaña que apenas arranca porque todavía no ve resultados
  • tomar el primer crédito que le ofrecen, aunque venga con una tasa 20% más alta

La paradoja del empresario

Ser empresario es vivir en una paradoja psicológica constante.

La impaciencia agobia, sí. Pero también es gasolina. Es lo que te hizo arrancar cuando otros se quedaron pensándolo.

El objetivo no es volverte paciente y sentarte a ver pasar el tiempo como espectador.

No.

El objetivo es subir tu tolerancia a no saber. Aprender a usar el tiempo a tu favor, para que esa misma fuerza deje de jugar en tu contra.

Estas son cuatro preguntas que hago a mis pacientes empresarios cuando están frente a una situación que les produce impaciencia. Tienen un orden lógico, y conviene respetarlo.

1. ¿Reacciono a la lentitud real o a mi incomodidad con no saber el final?

A veces sí va lento y hay que empujar.

Muchas más veces, lo único que pasa es que todavía no tienes la respuesta, y eso te agobia.

2. Si le meto más presión a esto, ¿mejora o lo trueno?

Tú sabes que hay cosas que mejoran con presión y otras que solo se rompen.

Presionar de más una cobranza, por ejemplo, puede volverla incobrable.

Analiza si tu impaciencia te está empujando a conductas que traerán más problemas que soluciones.

3. Si empujo ahora y se rompe, ¿cuánto cuesta?

A veces no queda de otra. Tienes el tiempo en contra. No es impaciencia, es supervivencia.

Pero aun así, calcula el costo si tu prisa por acelerar el tiempo sale mal.

4. Si acepto que esto va a tomar más tiempo del que calculé, ¿qué gano?

Esta es la más importante de las cuatro.

Sueltas el control cuando ya pusiste todo lo que estaba en ti y abres la posibilidad de aceptar que, pese a tu esfuerzo, quizás simplemente esto va a tomar más tiempo del que tú quieres.

Repito: no busco que te conviertas en un monje que contempla la pared mientras pasa el tiempo.

Quiero que aprendas a calibrar tu impaciencia con estas cuatro preguntas, de una manera que te lleve al éxito empresarial y personal.

La impaciencia no se va a ir

Esta tensión no desaparece.

Mientras seas empresario, mientras sigas construyendo algo que importa, vas a convivir con momentos en los que quieres acelerar el tiempo.

Es parte del oficio. Incluso es prueba de que no estás bajando la guardia.

No se trata de evitar la impaciencia.

Se trata de aprender a convivir con ella para tu beneficio.

Eso se entrena como un músculo: cada vez que sostienes el no saber un poco más, sin romper nada, tu tolerancia crece.

Abrazo,

Carlos Medina
 Psicólogo de empresarios
 www.psicologocarlosmedina.com

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