Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios

Una empresaria llega a consulta con esta frase:

“Me siento rara, pero no sé explicar qué siento. Como que me falta algo. No termino de sentirme satisfecha. ¿Será que tengo depresión?”

Comienzo a indagar.

Familia: bien.
Pareja: estable.
Amigos: presentes.
Creencias: en orden.

Entonces voy a la empresa.

Buena facturación. EBITDA saludable. Equipo sólido. Todo funcionando.

Descarto depresión.

Pero ella se sentía mal y no sabía por qué.

Siguiente opción clínica: burnout. También descartado, porque sus horas de trabajo no eran extensas. No estaba abrumada. De hecho, estaba holgada.

Vaya misterio clínico que me trajo esta empresaria.

En la tercera sesión le pregunto:

“¿Qué esperas de tu vida? ¿De tu empresa?”

Ella me mira y dice:

“Pues… que me vaya bien.”

Yo le digo:

“Ya te va bien.”

Silencio reflexivo.

En la cuarta sesión llega radiante. Sonrisa de cien vatios. Empieza a contarme de un nuevo contrato que consiguió, de millones de pesos. Toma sorbos de café. Los ojos iluminados. Gesticula con energía mientras describe la negociación.

Ahí salió el peine.

Su cerebro había asociado que “ganar” solo se sentía cuando firmaba un contrato nuevo. Y esos contratos llegaban cada dos o tres meses. De modo que, entre contrato y contrato, experimentaba un desplome anímico severo sin saber por qué.

En su cerebro, todo lo demás no contaba.

El equipo funcionando.
Los procesos mejorando.
El ambiente de trabajo sano.
Los clientes satisfechos.
La operación estable.

Nada de eso registraba como victoria, porque ya lo tenía dominado.

Su sistema de recompensa interno estaba calibrado exclusivamente para activarse cuando traía negocios grandes que disparaban la facturación.

Tal Ben-Shahar lo nombró en Harvard: la arrival fallacy. La ilusión de que la felicidad llegará cuando alcances el siguiente logro.

Llegas.
Te sientes bien por 72 horas.
Y luego tu cerebro pregunta:

“¿Y ahora qué?”

Bienvenido al mundo del empresario high performer.

Cuestiona tus superpoderes

El rasgo que te trajo hasta aquí puede ser el mismo que te está desgastando.

Esa necesidad de ganar, de traer un trofeo a casa cada noche, de sentir que avanzaste visiblemente todos los días, es lo que te sacó de tu zona de confort. Es lo que construyó tu empresa. Y puede ser exactamente lo que ahora te impide estar bien por dentro.

Porque ganar todos los días es una expectativa disfuncional.

Hay que recalibrar lo que significa “ganar” para poder vivir bien.

Triunfos como cerrar un contrato grande, abrir una segunda ubicación o conseguir el cliente soñado no ocurren todos los días. Ocurren cada dos, tres o seis meses.

Mientras tanto, tu cerebro interpreta la ausencia de victoria visible como si fueras perdiendo el partido.

Y así vives en un estado crónico de insatisfacción que entra en conflicto con tu ambición.

Daniel Kahneman y Amos Tversky documentaron que el cerebro humano pondera las pérdidas, a veces, hasta el doble que las ganancias. Eso significa que un día sin victoria visible puede sentirse peor que lo bien que se siente un día con victoria.

Tu sistema está sesgado hacia sentirte mal porque has perdido sensibilidad a lo que sí está funcionando.

Tres señales de que tu sistema de recompensa necesita recalibrarse

Señal 1: Solo te sientes bien cuando cierras algo grande

Los días en que avanzaste, mejoraste procesos, capacitaste al equipo, resolviste problemas operativos o simplemente estuviste atendiendo pendientes, se sienten vacíos.

Tu cerebro no los registra como victoria, sino como retroceso.

Señal 2: Entre logro y logro experimentas un drop anímico que no puedes explicar

Todo va bien. La empresa funciona. Pero tú te sientes inquieto, insatisfecho, como si estuvieras perdiendo algo que no puedes nombrar.

Vas navegando entre grandes hits como si estuvieras estancado.

Señal 3: No puedes celebrar avances pequeños sin sentir que deberías estar más adelante

Cierras el trimestre de acuerdo con la proyección e inmediatamente piensas:

“Debería estar 20% más arriba.”

Tu cerebro solo valida como victoria los cierres grandes. Todo lo demás queda invisible.

Cierras un contrato de 30 millones. Euforia por tres días. Y luego toca entregarlo: coordinar producción, asegurar calidad, cumplir tiempos.

¿Acaso entregar en tiempo y forma lo que vendiste no es también ganar?

Tu cerebro no lo registra así.

Solo registró el cierre y la emoción que sentiste en ese momento.

Cómo comenzar a recalibrar tu sistema de recompensa

No se trata de bajar tus estándares. Eso jamás lo recomiendo.

Se trata de resignificar lo que cuenta como victoria.

El empresario de alto desempeño no espera al cierre grande para sentirse bien. Construye un tablero que le muestra el avance diario de lo que ya logró. Métricas que se mueven cada semana. Indicadores que confirman que el sistema avanza, aunque la siguiente victoria grande esté a meses de suceder.

Por ejemplo: un cliente satisfecho que renovó contrato no genera la dopamina de firmar uno nuevo. Pero sí es señal de que tu operación funciona.

¿Acaso la tasa de renovación no es también un triunfo?

Cuando lo ves así, ese evento deja de ser invisible. Se convierte en dato que confirma progreso y te aleja del bajón anímico.

Segundo: separa tu estado de ánimo de tus resultados visibles.

Esto requiere práctica deliberada. No sucede espontáneamente en la mayoría de los casos.

Los días en que te sientas estancado, antes de dormir, haz mentalmente un inventario de cosas que están ocurriendo en tu empresa y que te acercan al objetivo. Cosas que la mantienen viva, aunque no hayan sido tus home runs de traer nuevas cuentas.

Obligas a tu cerebro a registrar progreso donde antes no veía nada.

Tercero: acepta que la naturaleza del alto desempeño es asimétrica.

Habrá semanas donde todo se siente plano, quieto, casi estancado. Y habrá semanas donde tres cosas explotan al mismo tiempo.

La curva no es lineal.

Tu expectativa de que debería serlo es lo que te está afectando.

Convierte tu rasgo en una virtud

Esta presión por ganar todos los días no es un defecto.

Es el precio de ser un empresario con ganas de triunfar. En algunos casos, con mentalidad de alto desempeño.

Es lo que te vuelve insoportablemente exigente contigo mismo. Es lo que te saca a ti y a tu equipo de la mediocridad.

Pero necesitas aprender a calibrarla para vivir con ella sin que te destruya.

El empresario que solo se siente bien cuando gana visiblemente vive en una montaña rusa emocional que eventualmente le pasa factura.

El empresario que aprendió a instrumentar el progreso, a separar su estado de ánimo de los resultados visibles y a aceptar la asimetría del juego, ese se la pasa mejor.

Y dura más en esta larga carrera de ser empresario.

No elimines la ambición.

Recalibra lo que cuenta como victoria.

Porque si solo cuentas los cierres grandes, pasarás el 90% de tu vida sintiendo que pierdes.

Y hay una línea muy delgada entre la ambición que te eleva y la que te destruye.

Abrazo.

Carlos Medina
Psicólogo de Empresarios
www.psicologocarlosmedina.com

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