Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Hay una pregunta incómoda que les hago a mis pacientes, pero solo cuando ya existe la confianza suficiente para aguantarla:
“¿Por qué permites que tu negocio te haga la vida de cuadros?”
No es para regañarte, aunque sé que lo parece. Es para que dejes de ver el problema allá, en la empresa, y empieces a mirarlo donde de verdad se puede mover: en ti.
Sé que en el primer segundo esto puede arder. Uno se siente hasta un poco tonto, juzgado. Pero esa sacudida es justamente lo que busca la pregunta: que te cuestiones cómo tú, el dueño del negocio que iba a darte paz y libertad, terminaste encarcelándote y generándote ansiedad.
Y ojo, no es que no hayas intentado salir de ese agobio.
Sé que sí lo has intentado.
Una lista de lo que ya hiciste
Vamos a repasarla. Ve marcando mentalmente lo que ya hiciste. Estoy seguro de que al menos dos de estas cosas ya pasaron por tu empresa.
La consultoría de procesos, la madre de todas las ayudas —mi favorita, para ser sincero—. Los masterminds, buenísimos para escuchar otros casos y sentirte menos solo. Los boot camps. Los retreats en un hotel carísimo de la Riviera Maya. El coaching de negocios. Los talleres ejecutivos, incluido ese de “aprende a delegar”. Los cursos en línea, los libros, los newsletters. El ERP de gestión. Las apps para coordinar equipos.
Yo sé que has invertido tiempo y dinero en ordenar tu empresa.
Y luego está aquello en lo que depositaste quizá más esperanzas de recuperar tu libertad: contratar por fin a ese “segundo a bordo” que iba a quitarte la mitad del peso del que tanto te quejabas.
Hasta le comentaste a tu pareja:
“Ahora sí vamos a poder irnos de vacaciones más seguido”.
Delegaste, o al menos lo intentaste con todas tus ganas.
Te fuiste de vacaciones jurando no abrir el celular y lo abriste el primer día, apenas llegando al hotel, ante la mirada de desilusión de tu pareja.
Ese fracaso con el segundo a bordo quizá es el que más te pesa. Porque sigue trabajando para ti, pero tú continúas ansioso por los problemas del negocio, sin poder desconectar tu mente.
A lo mejor justo ahora andas metido en una implementación de veinte semanas y varios miles de dólares.
Y sí, todo eso ayuda.
Ves avances. Algunas cosas se acomodan.
Yo soy el primero en reconocerlo. De hecho, trabajo en alianza con consultoras que entregan un trabajo impecable, necesario para cualquier empresa.
No vine a hablarte mal de nada de eso que ya sabemos que hace falta.
Entonces, ¿por qué sigues atrapado?
Este es el dato que me sorprendió primero a mí: nueve de cada diez personas que llegan conmigo por ansiedad ya habían hecho al menos dos entrenamientos formales para ordenar su negocio, de esos que cuestan miles de dólares.
Convencidos de que ahí les esperaba la paz mental.
Y ninguno había ido antes con un psicólogo.
Ni uno solo.
¿Por qué?
El razonamiento que hace el empresario es lógico:
“Si mi ansiedad la causa la empresa, arreglo la empresa y se me quita la ansiedad”.
Suena antitontos. Hasta yo reconozco la lógica.
Pero no funciona así.
Arrancas con toda la ilusión. Ves los primeros cambios superficiales. Se empiezan a acomodar algunos problemas.
Pero el que no cambió fuiste tú.
Y a los pocos meses te vuelves a meter en todo. Tu identidad no te deja soltar.
Hay algo, en lo profundo de tu mente, que no te permite despegarte del celular cuando se trata del trabajo.
Por fuera, la empresa quedó mejor. Claro que tu inversión rindió frutos.
Pero por dentro tú te sientes igual.
No te desconectas.
Haces corajes.
No duermes bien.
Los días de pago los pasas con el Jesús en la boca, de mal humor.
Y llegas a casa sin ganas de decir una sola palabra.
El dinero no es lo que más te duele
Es la ilusión.
Cada nuevo arranque te vuelve a prender. Te hace creer que ahora sí te vas a librar de la carga.
Cada recaída te apaga un poquito más.
Y después de suficientes consultores, cambios y sistemas, empiezas a desconfiar de la única persona a la que no deberías dejar de creerle:
tú mismo.
Ahí llega el veredicto que te das a solas, el más injusto de todos:
“No tengo el carácter para esto”.
“Algo está mal conmigo”.
“Todos creen que soy un pro y en realidad soy un fracaso”.
Y como te lo dictas tú mismo, a solas, no hay nadie que te lleve la contraria.
Se queda rumiando mientras pones tu mejor cara, aunque por dentro te estés dando una paliza.
Cambiemos ese veredicto, ¿sí?
Todo lo que hiciste estuvo bien.
El consultor, el coach, el mastermind: todos aportaron.
El problema no fue tu intuición para invertir en esos expertos valiosísimos.
El problema es que estabas resolviendo el problema equivocado.
Arreglabas los procesos, los sistemas y las herramientas de la empresa, cuando lo que en realidad estaba mal era tu relación con ella.
Esa interacción que tiene tu mente con el negocio.
Y ninguna de esas herramientas está diseñada para trabajar eso.
Es como remodelar una casa para salvar un matrimonio que va mal.
Tumbas muros. Cambias la cocina. Pintas todo de nuevo. La casa queda preciosa y hasta sube de valor.
Pero el matrimonio sigue exactamente igual, porque el problema nunca estuvo en las paredes.
Eso hiciste con tu empresa.
La dejaste más bonita, más ordenada, más valiosa.
Y tu relación con ella siguió idéntica.
“¿Entonces sí soy yo?”
Sí y no.
Sí, en el sentido de que la ansiedad comienza a cambiar cuando trabajas en ti, no cuando instalas el siguiente software o tomas el siguiente curso.
Pero no es falta de carácter. No es flojera. Tampoco significa que hayas llegado a tu límite, como en el “Principio de Peter”.
Estabas resolviendo un problema que, aunque era necesario atender, no llegaba a la profundidad de la verdadera razón que te ha mantenido ansioso durante todos estos años.
Ahora que ya lo entiendes, respira y piensa esto:
No te has librado del agobio porque todavía no habías entendido que la relación que tienes con tu empresa es disfuncional.
Y entender esa relación, de dónde salió y por qué te tiene preso, es justamente lo que necesitas trabajar para que, una vez ordenada la empresa, tu identidad también te dé el boleto mental hacia la libertad.
Disfrutar mientras haces crecer tu negocio es posible.
Ya tienes los procesos.
Ya tienes los sistemas.
Ahora enfócate en trabajar tu mente.
Un abrazo,
Carlos Medina
El psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com