Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
Este viernes 12 de junio, con la salida a bolsa de SpaceX —la IPO más grande de la historia, por cierto— Elon Musk se convirtió en la primera persona en superar el billón de dólares de patrimonio.
Trillón en inglés, por si lo lees en tweets gringos.
Su fortuna ronda hoy los 1.1 billones. Para dimensionarlo: sus competidores más cercanos, Larry Page y Sergey Brin de Google, y Jeff Bezos de Amazon, están casi a un cuarto de eso. Cifras que uno suele adjudicarle a organizaciones completas, no a una sola persona.
Vaya tiempos nos está tocando vivir. Inimaginables hace apenas 15 o 20 años.
La cifra no es lo que más me sorprende.
Lo que más me impresiona es que mañana, lo más probable, va a trabajar 20 horas y va a mantener sus 100 horas semanales por las que ya es conocido.
Si leíste la biografía que escribió Isaacson —te la recomiendo— ya sabes que el sujeto está lejos de lo que se considera normal.
¿Lo hace eso un enfermo?
Si nos vamos al máximo rigor clínico, sí entra en no uno, sino varios trastornos. Pero lo fascinante acá es cuál es el motor de Elon.
Ya te imaginarás que este artículo habla justo de ese motor y de cómo calibrarlo.
Primero, hablemos de la palabra prohibida
La palabra ambición carga un estigma terrible.
Se usa para insultar gente: “eres un ambicioso”.
La asociamos con codicia, con pisar a los demás para lograr objetivos personales.
Pero no confundas ambición con codicia.
La codicia no tiene llenadero. Y de esa hablaremos en otro newsletter.
Dejemos a un lado la mala fama de la palabra, ¿sí?
La ambición, en su forma más pura, es ganas de superarse. Energía con dirección. Un motor mental que genera pensamientos, emociones y, en consecuencia, conductas observables.
Lo que decide si construye o destruye no es el motor.
Es la calibración.
Quién lo conduce.
Sí, tú.
Musk es el ejemplo extremo de un motor a máxima potencia, sostenido durante décadas. No lo voy a diagnosticar. No es mi paciente y no sé qué pasa en su mente. Pero hay rasgos que saltan a la vista. Los hechos hablan por sí solos.
Lo que sí sé es lo que pasa en la mente de los cientos de empresarios que he atendido y que operan con esa misma lógica, solo que a escala menor: motor encendido, acelerador a fondo y nadie revisando el tablero.
De hecho, el 99% de los dueños de pymes ni siquiera sabe que ese tablero existe. Por eso viven agotados y solitarios, pagando un costo muy alto.
A eso le llamo ambición descalibrada: mucha potencia, cero instrumentación.
Primero la motivación, luego la ambición
El psicólogo Andrew Elliot lleva años estudiando dos tipos de motivación: la de aproximación y la de evitación.
Una te mueve hacia algo que deseas.
La otra te mueve huyendo de algo que temes.
Esto no es nuevo: todos huimos de lo que no queremos y tratamos de acercarnos a lo que sí queremos en la vida.
Las dos te ponen a correr. Desde afuera pueden verse igual.
Pero por dentro son mundos opuestos.
Y la investigación ha demostrado que la motivación de evitación —la de huir— se asocia con más ansiedad, menos bienestar y peor desempeño sostenido.
Corres igual de rápido, pero te erosionas en el camino.
Y eso es justo lo que le pasa al empresario moderno.
Traducido a tu vida: no es lo mismo crecer porque te emociona lo que construyes, que crecer porque no soportas la idea de no ser suficiente.
Y aquí es cuando te preguntas: ¿cómo encuentro que mi empresa me emocione?
Calibremos tu motor de ambición
Cada época tiene su energía.
Me pasa en terapia que algunos pacientes de 45 a 50 años empiezan a cuestionarse qué tanto vale la pena la friega que se meten. Se preguntan si ese desgaste psicológico que han cargado durante 20 años tiene un costo-beneficio positivo.
“Carlos, ya no quiero vivir corriendo, con esta sensación de persecución, ansioso todo el domingo porque el lunes es una chinga muy pesada. Ya está grande el negocio. Quiero, en esta etapa de mi vida, un ritmo diferente”.
No se dan cuenta, pero están hablando de sus emociones.
Este es un hito maravilloso. Y admirable para quien se ha esforzado y ha pagado con sangre, sudor y lágrimas su éxito.
Cuando este dilema llega al diván, les planteo este ejercicio.
Tómate cinco minutos. Contéstalo por escrito. Y si es a lápiz y papel, mejor que en el bloc de notas del smartphone.
¿Tu meta te jala o algo te empuja?
Si puedes describir lo que quieres con precisión y te emociona hasta casi sacarte una sonrisa, te jala.
Si solo sabes que “hay que hacer crecer el negocio porque sí”, pero no sabrías decir cómo te impacta a ti y no sientes una especie de disfrute al imaginar ese futuro, algo te empuja.
Y eso que te empuja casi siempre es un miedo que no has querido mirar.
El costo mental que estás pagando, ¿lo volverías a firmar hoy?
Toda meta nos cobra algo: en horas, en salud, en presencia con tu familia, en hobbies que soltaste.
Eso no está mal. Al final, tú lo eliges.
Lo que está mal es no saber cuánto estás pagando, porque tu piloto automático va tan concentrado que no se detiene a revisar si te estás erosionando.
Si te pusieran enfrente el contrato con el costo mental actual de tu empresa, en letras grandes, ¿lo firmarías otra vez?
¿Reconocerías la llegada a la meta si pasaras junto a ella?
La mayoría no se da cuenta de cuándo llegó a lo que había soñado. Las metas se van adaptando a la capacidad de logro.
Esa zanahoria que siempre se mueve es, por un lado, admirable, porque te sigues superando.
El problema es que, cuando no hay integración de los logros, el camino se hace amargo, como si la meta no tuviera un significado de valor humano.
Ya hemos hablado de esto en “La integración del éxito”.
¿Aceleras o frenas?
Supón que llegas a esa meta que habías soñado. Cumpliste con la facturación, el número de usuarios o el número de sucursales.
Ahí se abren dos caminos, y los dos son válidos.
Uno: quieres bajar la intensidad, disfrutar otras cosas, soltar el acelerador, descansar un poco sobre lo construido.
Perfecto.
Eso no es conformismo. Es saciación. Y reconocerla es uno de los actos más sanos que existen para un empresario que lleva 20 o 25 años fletado.
Dos: quieres ponerte una meta más alta, ya te sientes más fuerte, quieres más.
También perfecto.
Esto le pasa mucho a empresarios que van elevando su identidad, como si fuera un videojuego en el que cada nivel da más superpoderes que el anterior, y quieren superar el siguiente desafío.
El problema no es cuál elijas. Nadie te puede juzgar.
El problema es por qué lo eliges.
Si subes la vara porque te emociona el siguiente juego, adelante. Te apoyo.
Pero si la subes porque en el fondo crees que detenerte te haría menos exitoso, menos válido ante los ojos de los demás, entonces no elegiste tú.
Eligió el miedo, disfrazado de ambición.
Otra trampa común en los empresarios.
Musk seguirá con su motor a fondo. ¿Y tú?
Musk seguirá corriendo su motor de ambición al máximo. Y en temporadas de crisis seguirá durmiendo bajo su escritorio para ganar tiempo.
¿Lo podemos juzgar? Quién sabe. Tú harás tu juicio.
Mientras Musk gana un millón de dólares cada par de minutos, tú necesitas que tu ambición te lleve a un lugar donde tu mente y tu corazón se sientan bien.
No lo hagas para impresionar a nadie.
Hazlo para estar bien tú.
Imitar la intensidad de Musk es absurdo. Su motivador es diferente al tuyo. No hay uno mejor que otro. Solo son distintos.
Si al contestar estas preguntas descubriste que algo te empuja porque le estás huyendo, entonces es hora, mi estimado dueño de negocio, de buscar ayuda para calibrar tu motor.
No quiero que se funda.
Abrazo,
Carlos Medina
El psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com